¿Se incluye la experiencia femenina en la divulgación de la historia?

Estaba preparando un artículo sobre la obra de Josefa Amar y Borbón, figura relevante de la pedagogía ilustrada española, cuando me he parado a reflexionar de nuevo sobre el sujeto histórico, si éste existe como categoría universal que engloba lo masculino y lo femenino, o si por el contrario es tan sólo una categoría que, bajo una falsa apariencia de universalidad, engloba sólo la experiencia de los hombres.

‘Lectura de la tragedia del Orfelino de la China, de Voltaire,
en el salón de madame Geoffrin (Malmaison, 1812)’,
pintado por Lemonnier.
Imagen en dominio público.

Mi respuesta ha sido que el sujeto histórico ha sido masculino. Sin remedio y con muy pocas excepciones. Pero, ¿qué pasa con las nuevas investigaciones? ¿Ha cambiado la categorización del sujeto histórico? ¿Puede existir un sujeto histórico universal? Para responder a estas y otras preguntas, he seleccionado los aspectos cultura y educación para el periodo ilustrado, y he echado mano de algunos de los volúmenes de historia que tengo en mi mesa.

No dudaría en recomendar los libros que he consultado. Son excelentes y siempre me han sido muy útiles, pero todos adolecen de lo mismo: sólo se centran en aspectos que han ocurrido en lo público, espacio tradicionalmente ocupado por lo masculino.

Así, la reflexión es muy sencilla. Si tomamos la base anterior como referencia se puede comprobar fácilmente que, al hablar de educación, se centran sólo en universidades, sociedades económicas, colegios mayores… El acceso de las mujeres a estos centros de saber estaba prohibido, por lo tanto, es difícil, por no decir imposible, encajar a las mujeres en el estudio de estas realidades. ¿Significa esto que las mujeres no hayan sido educadas e instruidas? ¿Significa esto que no existían los colegios para niñas? Rotundamente no. Significa que los autores han optado sólo por exponer una parte de la realidad, por estudiar sólo la actividad masculina.

Como resultado de esto, y es consecuencia lógica, en los capítulos dedicados a la cultura y la enseñanza ilustrada, no existe ni una sola mención a la obra y el pensamiento femenino; ni una sola mención a los pocos casos en que una mujer consiguió elevarse y acceder a la universidad, ni una sola mención a los colegios para damas, ni una sola mención a la instrucción femenina… No nos engañemos: gran parte de esta educación e instrucción femenina tenía lugar en el ámbito privado, sin salir de casa. Pero existía, y es tan histórico como la labor de las universidades.

Para estos autores, y muchos otros, el sujeto histórico es masculino, porque sujeto histórico sólo es (así se desprende de sus escritos) el que se desarrolla en el ámbito de la cosa pública.

¿Se sigue excluyendo a las mujeres de las páginas de los libros de historia? No. Hoy por hoy resultaría políticamente incorrecto. Se las menciona, pero las palabras dedicadas a ellas caben en lo que ocupa una línea. Se las incluye para determinar que el índice de alfabetización femenino era notablemente menor al masculino [1] o que su presencia en los movimientos culturales fue minoritaria [2]. Y yo digo: minoritaria tampoco. Verán, por poner un ejemplo, la Enciclopedia con la que tanto se llenan la boca pudo seguir su andadura una vez que fue prohibida por el gobierno francés, porque, entre otras cosas, una mujer, madame Geoffrin, contribuyó financieramente y en la “clandestinidad de su salón” a su desarrollo.

Las mujeres participaron en los debates ilustrados. Se suele recalcar que las “pocas” que accedieron a la cultura lo hicieron porque eran aristócratas o burguesas. ¿Acaso los hombres que recordamos y estudiamos no pertenecían mayoritariamente a estas clases privilegiadas?

Retomo la dicotomía espacio privado-espacio público. Cuando finaliza el periodo ilustrado esta distinción está ya perfectamente definida, y ambos espacios están ya perfectamente ocupados por lo masculino y lo femenino. Sin embargo, como en todo en esta vida, existen excepciones (y en el caso de la historia de las mujeres son abundantes) que confirman la regla. Y de nuevo me sirvo de ejemplos: el salón francés es una adaptación de un espacio privado, delimitado y limitador, el hogar. La salonière consigue resignificar su espacio y su persona, reúne a su alrededor a lo mejor de la política, la ciencia, la literatura, la filosofía… y se convierte en figura de autoridad. Es capaz de mover hilos en la corte, de impulsar o paralizar proyectos, debate, piensa, escribe, disfruta, se entretiene.. rodeada de otras mujeres y de otros hombres. Muchos de los grandes temas y debates de la Ilustración nacieron y se desarrollaron en este entorno. ¿No es esto una ocupación de lo público por parte de las mujeres? ¿Y la Junta de Damas? Esta asociación dependiente de la Matritense, pues incluir a las mujeres en ésta última parecía imposible a los ilustrados españoles de la época, se movió desde el principio en “lo público”.

También saltaron al espacio público las escritoras, las filósofas, las traductoras, las científicas…

La opción de no incluir en un libro de historia general la obra de Josefa Amar y Borbón cuando se habla de los grandes pedagogos del XVIII español, es deliberada. La opción de no incluir la figura de Emilie de Chatelet como decisiva para la divulgación del pensamiento de Newton en Francia, es deliberada. La opción de ignorar la aportación de Mary Wollstonecraft a la historia de los derechos de la ciudadanía, es deliberada. La opción de ignorar la traducción al español que la condesa de Lalaing hizo de las obras de la marquesa de Lambert, es deliberada. Y podría seguir infinitamente… El hecho de reconocer que sí hubo mujeres que hicieron su aportación al conocimiento de la humanidad pero no incluir ninguna cuando se habla de las grandes obras de la Ilustración, es igualmente deliberado.

Todo ello es deliberado o fruto de no atender a las aportaciones que multitud de historiadoras e historiadores llevan haciendo desde los años ochenta a la historia de las mujeres. Así, el sujeto histórico femenino existe como categoría de análisis, pero tal y como se divulga la historia general hoy en día, la experiencia femenina desaparece.

¿Soluciones? No lo sé. Yo empezaría por algo que digo siempre: abandonar un poquito la historia de los grandes acontecimientos, y difundir la historia de los individuos, la historia de la vida privada.

Bibliografía

[1] Domínguez Ortiz, Antonio (2016), Carlos III y la España ilustrada, Madrid, Alianza editorial,

[2] Ribot, Luis (2018), La Edad Moderna, Madrid, Marcial Pons, p.770

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