Las ‘Memorias’ de Glückel von Hameln

Las memorias de Glückel von Hameln son una de esas joyas que rara vez se encuentran. Escritas a medio camino entre el siglo XVII y el XVIII constituyen una excepcional testimonio de la vida de la burguesía de Hamburgo; un documento único que nos abre las puertas de la sociedad judía de la época a través de los ojos de una eminente mujer de la comunidad. 

Glückel von Hameln comienza a registrar sus recuerdos en 1690, un año después de la muerte de su marido. Lo hace, según ella misma confiesa, para aplacar el dolor que siente por la pérdida del que consideraba su mejor amigo. También lo hace, como algunas otras, para legar a sus hijos su memoria, y la de su familia, tanto la paterno-materna como la política.

La vida de Glückel no debió resultar muy excepcional en su época y entorno, como tampoco resultó nuevo que se quedase viuda antes de los 45 años, ni que tuviese catorce hijos, varios de ellos “todavía sin casar” —ella se lamenta—. Se queda al frente de los negocios familiares, incluso cuando su hijo mayor ha alcanzado la edad suficiente como para hacerse cargo. El caso es muy parecido al de Christine de Pizan (podéis leer sobre él AQUÍ , AQUÍ , AQUÍ): ¿qué pasaba cuando una mujer se quedaba en esta situación? De esto precisamente nos hablan las memorias de Glückel, de cómo intenta resolver su vida una vez que ha perdido el amparo masculino.

Glückel von Hameln escribe sus memorias cuando ya empiezan a estar definitivamente definidos los espacios públicos y privados y las actividades que se desarrollan en cada uno de ellos. También lo hace en un siglo, ya al final de la Edad Moderna, en el que el retiro personal, la reflexión, la lectura y la escritura van adquiriendo un cierto valor. En el caso de la escritura, no sólo hay un auge de la correspondencia, donde empezamos a encontrar auténticas maestras del género epistolar (Madame de Sevigné, por ejemplo), sino de diarios, memorias y libros de cuentas en los que mujeres y hombres registran su día a día, el funcionamiento de sus casas y negocios, y vivencia íntimas. Estos documentos, desde el pasado, nos abren las puertas a la cotidianidad de aquellas gentes. 

El caso de Glückel no es es muy conocido por el público español, pero constituye un interesante material histórico. Aunque está muy alejado de las memorias y diarios literarios, a los que estamos más acostumbradas y cuya escritura y publicación se puso tan de moda a finales del siglo XIX y principios del XX, las memorias de esta alemana están compuestas con gran belleza y maestría. En sus páginas, siempre con bastante sencillez, recopila la memoria individual, la familiar y la colectiva con el objetivo de constituirla en legado para sus descendientes inmediatos; y también para los venideros: varias generaciones después todavía seguía despertando curiosidad, y fue una mujer de su misma familia la que sacó a relucir sus escritos. 

Su individualidad, como la de la mayor parte de ellas en la Historia, está profundamente marcada por su condición de mujer “dadora” de vida. Como tal, se fija en sus ascendientes femeninas desde las primeras páginas de su redacción. Es capaz de verter cierta crítica hacia la juventud con la que fue casada, aunque ya de adulta, y tras una vida que ella considera feliz, no parece afectarle demasiado. De hecho, ella misma, y ya como cabeza de familia, repetirá con sus hijas esa misma estrategia matrimonial. Casa a su hija Zepporah con doce años, y a Anna, con once [1].

Durante sus cerca de treinta años de matrimonio tuvo un total de catorce hijos. Una vez que superan con éxito la peligrosa infancia, su máxima preocupación, y la de su marido cuando estaba vivo, era colocarlas a ellas y ellos en las posiciones más ventajosas que la fortuna familiar y los contactos pudieran asegurar. 

Como esposa no sólo se encarga de la crianza, sino que se asegura de que la casa y toda la familia funcionen como un reloj. Se muestra orgullosa de ello y así lo escribe. También ocupan gran parte de sus pensamientos los asuntos de negocios. Tiene un amplio conocimiento de los asuntos comerciales, y se convierte, según ella escribe, en útil consejera de su marido. 

Glückel von Hameln estuvo, evidentemente, influenciada por los parámetros patriarcales que regían la sociedad de su época y la comunidad judía asquenazí en la que desarrolló toda su existencia. Participa de ellos y los comparte. Sin embargo, el hecho de escribirlos y transmitirlos resulta revolucionario. Durante muchos siglos se toleró que las mujeres leyeran porque simplemente recibían de forma pasiva contenido creado por mentes masculinas; escribir, sin embargo, requiere de reflexión y orden. Es creación, es revolución: Glückel, en este sentido, pasa de la pasividad a la actividad. Ofrece a sus descendientes y a todas nosotras una visión femenina de su mundo.

[1] Zinsser y Anderson (2018): Historia de las mujeres, una historia propia. CRÍTICA, Barcelona.