Las dotes matrimoniales en la historia de las mujeres

Las dotes matrimoniales constituyen uno de los hechos más curiosos en la historia de las mujeres. Simbolizan un pago.

  • Qué es una dote
  • Qué implica una dote
  • Las dotes matrimoniales son el resultado de una negociación y de la firma de un contrato

Hay una constante en la vida de las mujeres a lo largo de toda la Historia. Planea sobre ellas, las influye de forma decisiva, pero escapa a su control. Son las dotes matrimoniales. Estos documentos están siendo estudiados en las últimas décadas. Y es que son dignos de ello, pues ayudan a configurar una idea de lo que ha significado un matrimonio en los largos siglos de nuestra Historia. Además, permite observar cómo han llegado al mismo cada uno de los cónyuges.

La porcelana fina podía ser parte de una dote

Lo primero, una definición. ¿Qué es una dote? Las dos primeras definiciones que nos ofrece la RAE [1] tienen como figura central a la mujer. Las transcribo:

  • Conjunto de bienes y derechos aportados por la mujer al matrimonio, que tiene como finalidad atender al levantamiento de las cargas comunes y que le deberá ser devuelto una vez disuelto aquél.
  • Congrua o patrimonio que se entrega al convento o a la orden en que va a tomar estado religioso una profesa.

Lo primero que llama la atención es que no se menciona a los hombres en ninguna de las dos propuestas. Y eso que son ellos los principales beneficiados.

En la concepción que las sociedades de todos los tiempos han tenido sobre qué es la mujer y qué supone que existan en ellas [en las sociedades], la mujer cuesta dinero. Hay para ella dos estados naturales, o aceptados socialmente, que son: esposa o monja. Si tiene suerte ella misma podrá elegir el estado en que quiere constituirse, si no, lo elegirán por ella, normalmente los hombres de la familia. Y se escoja el que se escoja, costará dinero a sus padres. La mujer accede al matrimonio o a la vida religiosa aportando un patrimonio: cuanto mayor sea ese patrimonio, mejor posicionada quedará.

Distintos artículos que una mujer podría haber aportado al matrimonio

Decía, además, que ambas definiciones tienen como figura central a la mujer. Sí, es así, pero es una figura pasiva. Es una mera transmisora de patrimonio. Y lo explico con un caso práctico:

Hay un noble que tras un par de matrimonios fallidos, quizá por muerte de las esposas, está desesperado porque necesita un heredero.

Existe un burgués o un industrial, sin título, pero con un patrimonio considerable. Este burgués tiene un hijo y dos hijas.

Su hijo heredará la fortuna familiar, la casa (símbolo de la institución familiar) y los negocios. La hija mayor casará con el mejor partido que puedan conseguirle, y la pequeña tendrá suerte si queda algo para ella y puede casarse también. Si no, tendrá dos opciones: vivir soltera del núcleo familiar principal (su padre, y después su hermano, la mantendrán), o profesar la vida religiosa.

Volvamos a la hija mayor, al burgués y al noble. El burgués y el noble deciden que éste se va a casar con la hija del primero. Pero ese matrimonio no es gratuito para ninguna de las dos partes. Ambos hombres quieren sacar rendimiento de ello, y si puede ser económico mejor. Al casar con la nobleza, el burgués eleva a su familia a un rango por largo tiempo soñado. Promete al noble dinero y, lo más importante, una hija fértil y menor de 25 años que le va a dar el tan ansiado heredero. Pero además, la hija lleva un regalo debajo del brazo: su padre, que probablemente haya estado ahorrando desde el momento en que empezó a ganar dinero, la dotará con una cantidad de dinero, de bienes, y si el noble tiene suerte, de alguna parcela de tierra que podrá incorporar a las suyas.

La trampa es que todo esto no es de la hija, sobre todo el dinero y las tierras. Las aporta al matrimonio como garantía de que no costará al noble dinero mantenerla. Y lo más importante: en caso de aportar a la familia noble un heredero (varón), el niño será el que herede la fortuna de la madre y del padre. Con esto, ambos hombres habrán obtenido un beneficio (rendimiento económico) en el medio-largo plazo. Y todo a costa de la capacidad reproductiva de la hija mayor del burgués, que no ha tenido ni voz ni voto en toda la negociación. A su futura hija, en caso de que pueda cumplir la promesa que hizo su padre y le dé al noble una prole de tamaño considerable, le espera un destino parecido.

Volvamos ahora a lo de que la mujer cuesta dinero. Este hecho se hace patente en todos los estratos sociales, en todas las épocas y en todos los países, y hasta hace relativamente poco. Todavía en España oímos eso de «esta vajilla fue parte de mis arreos (o ajuar)» o «bordé con mi madre y mi abuela estos juegos de sábanas durante años para el día en que me casara».

La mujer campesina o la criada no pueden perderse en negociaciones que podían durar años para sacar el mayor rendimiento económico de un matrimonio. Pero también transmitían patrimonio a través del enlace. Es probable que accedieran “al estado” aportando algún animal, ropa de cama, un par de camisas. Las más afortunadas dentro del campesinado (las que provenían de una familia de campesinos propietarios) quizá aportasen una cama, un baúl y cacharros de cocina. La mujer abandonaba su núcleo familiar paterno, responsable de ella económica y moralmente, y se integraba en uno nuevo. Al entrar en este nuevo núcleo perdía, aún más si cabe, todo rastro de individualidad, y pasaba a ser responsabilidad de su marido y la familia de éste. Con el objetivo de que no “costara” más dinero a la familia del marido, con el objetivo de poder comenzar una vida y “establecer casa” desde un punto financieramente saneado, la mujer aportaba todos estos utensilios cotidianos.
Como digo, esto no es aplicable a las clases más bajas. Sin embargo, se esperaba que aquel padre que pudiera, proporcionase una dote (aunque fuesen dos gallinas y tres camisas de algodón) a su hija, pues en muchos casos, un matrimonio decente —y por decente me refiero a no verse obligada a mendigar en las calles de una ciudad cualquiera— era la única oportunidad que tenía una muchacha de pasar por esta vida de un modo más o menos razonable y digno.

La situación de las mujeres ha sido y es aprendida en la casa: son las madres las que enseñan a las niñas cuáles son sus deberes y cuáles son sus obligaciones. Como máximo exponente de esta enseñanza de mujeres a mujeres en la que se perpetúan los roles de género, podemos mencionar el colegio Saint-Cyr, fundado por Madame de Maintenon y Luis XIV para educar en valores a las señoritas nobles pero sin fortuna. Asistían al internado, y allí les enseñaban, entre otras cosas, que una mujer no tiene derecho ni a cerrar una ventana, pues esto es potestad del marido [2]. Cuando habían alcanzado la edad de casarse el propio rey les proporcionaba una dote suficiente como para casarlas con un buen partido. De esta forma, el rey participaba del mercadeo y conseguía controlar a la aristocracia y los grandes terratenientes, pues existían tres personas que le debían un favor y la “felicidad”: la niña-esposa, la familia de la niña (con título pero sin fortuna), y el marido.

En un interesante capítulo de Historia de las mujeres. Una historia propia podemos leer el siguiente ejemplo: “Gregorio Dati, el mercader sedero de finales del siglo XIV, sabía de la importancia de las dotes para la buena marcha de sus negocios. Se casó cuatro veces. Cada muerte y cada nuevo matrimonio permitía nuevas infusiones de capital: reponer los bienes robados en una ocasión, satisfacer deudas en otra, realizar una inversión y una expansión la tercera vez” (2018:422).

Este testimonio, que no es el único, nos da una idea de hasta qué punto las mujeres no tenían nada que hacer con el dinero de sus padres. Cuando se casaban, el control de este dinero y bienes pasaba al marido, que salvo estipulado lo contrario en el contrato matrimonial, podía hacer con él lo que quisiera en representación de los intereses de su esposa y de su descendencia.

Ropa de cama, pañuelos, y camisas. Todo ello formaba parte de las dotes

Según el poder adquisitivo de la familia de la novia, su dote podía incluir joyas. Pero no sólo eran los hombres los que hacían negociaciones matrimoniales. Leemos en el mismo libro (2018:453) el caso de Alessandra Strozzi que, cuando murió su marido, se vio obligada a hacerse cargo de los negocios familiares porque sus hijos varones eran muy pequeños. Cuando llegó la edad de buscarles esposa, Alessandra vendió unas tierras y envió el dinero a sus hijos (tenía 3 varones). Además, “literalmente compró sus esposas, denominando a las novias en perspectiva mercatanzia (mercancía)”. Ella, como cabeza de familia, tenía que mantener y ampliar la fortuna familiar. Y así lo hizo. Alessandra Strozzi no muestra ningún tipo de compasión (no sabemos si la sintió) por las tres novias que compró para sus hijos. Tampoco por sus propias hijas, a las que colocó igualmente en posiciones más o menos ventajosas dada la situación económica de la familia.

Por lo tanto, las negociaciones matrimoniales no son sólo cosa de hombres, también las llevaron a cabo, de forma excepcional, mujeres que debido a las circunstancias (viudedad) se veían obligadas a erigirse en cabeza de familia. Los negociadores, sean hombres o mujeres, son siempre sujetos activos que sacan un rendimiento económico del enlace. Lo que se mantiene como constante es que el sujeto pasivo es siempre y sin excepción una mujer.

Notas

Como apunto en el texto, no en todas las clases sociales se podían firmar contratos matrimoniales de las características que explico más arriba. A las fotos, que he tomado a modo de ejemplo de lo que podría ser una dote, se les pueden añadir o quitar objetos según la clase social a la que pertenezcan los novios.

Las fotos han sido tomadas por mí. En ellas hay objetos de varias épocas. Son parte de mi colección antigüedades, que podéis ver en Instagram @duchessinantiques, y en mi otro blog (aquí).

Bibliografía

[1] Consulta realizada el 6 de junio de 2019

[2] Anderson y Zinser (2018): Historia de las mujeres. Una historia propia. Crítica, Barcelona

Cerrar menú

×
×

Carrito