Christine de Pizan y ‘El tesoro de la Ciudad de las damas’. Parte 1

La casualidad ha querido que la primera vez que escriba sobre Christine de Pizan sea sobre su libro El libro del tesoro de la ciudad de las damas, y no sobre La ciudad de las damas. Con esta última obra me introduje, hace años ya, en el mundo de la escritora francesa, y en el de la historia de las mujeres, y le tengo un especial cariño. Cuando abrí por primera vez la edición que tengo (la publicada por Siruela) me sorprendí a mí misma: no sé muy bien lo que esperaba, pero estoy segura de que no me imaginaba un texto firme, moderno y reivindicativo. Me impresionó tanto que una mujer en la primera década del siglo XV escribiera aquello, que en cuanto lo terminé compré el libro al que replicaba: El Roman de la rose. ¡No me extraña que la escritora se sintiera en la obligación de decirle algo a Jean de Meung! ¡Y al mundo, que leía su obra por aquel entonces como si fuese la Biblia!

Christine de Pizan

Como decía, la casualidad ha querido que escriba primero sobre El libro del tesoro de la ciudad de las damas, y lo hago de nuevo sorprendida por lo que he encontrado. Este libro, al que también se conoce como El libro de las tres virtudes, fue escrito en 1405 y es la continuación de la obra que la hizo famosa (escrita un año antes). Si en La ciudad de las damas Pizan hace una completa reivindicación de todas las cosas que pueden hacer las mujeres y que les son negadas, no por su naturaleza, sino por la costumbre, que las oprime, en El libro del tesoro de la ciudad de las damas ofrece una guía de conducta, de comportamiento, para las mujeres de distintos estamentos sociales. Lo que nos encontramos en esta “segunda parte” es un manual de educación “para señoritas”. Ni más, ni menos.

Si lo primero que se ha leído de Christine de Pizan es La ciudad de las damas (tal y como hice yo), esta obra resulta decepcionante: no por su calidad, ni tampoco por su estructura,…No. Lo hace porque nos obliga a enfrentarnos a la realidad social para la que Christine de Pizan escribía; nos obliga a reflexionar acerca de la educación y la instrucción; y de nuevo, nos obliga a pensar en el espacio público y privado que los hombres y mujeres ocupan al final de la Edad Media.

Como diría Inés Joyes y Blake, veamos si me fundo y consigo explicar la naturaleza y el sentido de este “manual” de educación. 

En primer lugar diré que el libro no es una guía para niñas. Está orientada a la mujer adulta que es la encargada de educar a las y los más pequeños de la familia, y de la sociedad. Por lo tanto, nos encontramos aquí, como en prácticamente todos los periodos de la historia, con la figura de la mujer como criadora de futuros súbditos, vasallos, y más tarde, ciudadanos; y también de futuras mujeres (nótese que no las incluyo en las tres categorías anteriores) que, a su vez, serán madres y esposas de… Así, en una rueda eterna hasta no hace muchos años.

Entonces, educación para madres-esposas-monjas. Pero, ¿qué tipo de educación propone Christine de Pizan?: pues una que sea práctica a las mujeres, cualquiera que sea su condición, en el mundo hostil en el que viven. Les ofrece consejos para “nadar a favor de corriente”, y sufrir, con lo que tienen, lo menos posible. 

Me detengo aquí para explicar qué podemos entender por educación. La catedrática de Historia Medieval Cristina Segura Graíño propone la existencia de tres niveles de aprendizaje para el ser humano, que son: educación, instrucción y sabiduría. 

La educación es aquel conjunto de aprendizajes, de normas, que todos adquirimos para poder convivir. En palabras de la historiadora “son conocimientos básicos y necesarios para poder vivir en sociedad”. Un nivel inmediatamente superior, que es el de la instrucción, está determinado por el aprendizaje concreto que todos debemos abordar para poder desarrollar la tarea específica “a la que la sociedad destina a cada persona”. El último escalafón es el de la sabiduría, “nivel no necesario”. Es el nivel a través del cual se adquieren conocimientos que no son estrictamente necesarios para despeñarnos en el entorno en que vivimos y que “suponen el acceso a la creación de un pensamiento científico del tipo que sea”. 

Según este orden, se puede afirmar que las mujeres han estado educadas e instruidas de acuerdo a las necesidades de sus desempeños en sociedad. Y lo han estado gracias a un sistema (patriarcal y profundamente misógino) que se ha encargado de ello. De lo que nadie, ni en casa ni en el sistema, se ha ocupado casi nunca es de abrirles el camino a la erudición, a la sabiduría. 

Christine de Pizan

Antes de volver con el libro, voy a usar la figura de Christine de Pizan para ejemplificar mejor la categorización anterior. Según ella misma cuenta en alguna de sus obras (ya hablaremos algún día del gran componente autobiográfico que hay en las obras de la escritora), tuvo una infancia feliz, su madre —y esto ella no lo recuerda con especial cariño— se empeñó en que aprendiese todo lo necesario para ser una mujer. Fue educada: supongo que aprendería a no hablar cuando hablan los mayores, igual que lo hicieron sus dos hermanos; aprendería a saludar, como lo hicieron sus hermanos; a dar las gracias, a no masticar con la boca abierta, a temer a Dios, a presentarse en la corte de forma correcta, a no matar, a no ser violenta, a venerar al rey, a tener respeto a sus padres…En fin, aprendizajes comunes a niñas y niños, que muy probablemente aprendieron todos juntos de su madre y en su casa. 

Christine de Pizan ofrece su libro La ciudad de las damas a la reina de Francia Isabel de Baviera

A los seis o siete años los hermanos serían, con toda probabilidad, separados. Era el momento de la instrucción. Los chicos, o bien aprenderían de su padre (que era uno de los hombres de ciencia más prestigiosos del reino por aquel entonces, y médico y astrólogo de confianza del rey) o bien irían a aprender al amparo de un caballero de categoría. Tal vez a una escuela… Tendrían la posibilidad de asistir a la universidad y aprender un oficio, y si más tarde lo deseaban, nadie les impediría ponerse en el camino de la erudición, de la sabiduría.

Christine debió permanecer en casa con su madre hasta los 15 años, edad en la que se casó con Etienne de Castel, hombre bien posicionado en la corte y futuro secretario del rey. En su caso, recibió su instrucción en el hogar. Y uso bien instrucción aquí: para una mujer de su posición (y ella así lo evidenciará en la obra que nos ocupa), aprender a ser mujer era decisivo. Sus hermanos tuvieron la opción de aprender a ser abogados, médicos, arquitectos, pintores…. Ella, que no iba a desempeñar ningún oficio, sólo tenía que aprender a comportarse, a administrar un hogar, a complacer al prójimo (sobre todo al hombre que le asignaran como marido), a leer y escribir (y esto no todas), etc. Si hubiese sido hija de un granjero, habrían sustituido la lectura y escritura por la cría de cerdos, por ejemplo, pero sus “obligaciones de mujer” habrían sido bastante parecidas, aunque con un presupuesto significativamente menor.

Diez años después de casarse, Christine queda viuda. A su cargo tiene a tres hijos pequeños, una sobrina, y a su madre, que aún vive; pero su mayor problema no parece ser ese. Durante años se había despreocupado por completo de los negocios de su marido, no sabía qué entraba y salía de casa, no sabía con quién tenía tratos la familia… No sabía nada y, de repente, ella se había convertido en la cabeza de familia. Se embarca entonces en una espiral de reclamos de pagos que eran debidos a su marido; le llegan demandas por pagos no satisfechos por su marido; le reclaman tierras que habían sido cedidas por el rey a su familia… Dice la historia que se pasa pleiteando en los tribunales casi quince años por defender lo suyo y lo de sus hijos. 

Es en este contexto en el que empieza a escribir. No me voy a detener en cómo se difunde su obra porque no es el objetivo de este texto, pero sí apuntaré que lo hace de forma bastante rápida. Es destacable el siguiente hecho: se enzarza públicamente con académicos de la universidad de París por la defensa que hacen estos últimos de Jean de Meung. A partir de ahí, su carrera literaria se dispara.

Para llegar a ser comparada en su época con Cicerón, tuvo que iniciar sola y de forma autodidacta el proceso de instrucción que sus hermanos habían comenzado a la edad de siete años. Ella misma se queja de esto en sus escritos. Las mujeres son educadas e instruidas de forma tan deficiente que, si se quedan solas sin el amparo de un hombre, tienen un problema a la hora de enfrentarse a un mundo regido y dominado por hombres, con unas leyes y unas formas de hacer particulares a cuyo estudio y conocimiento ellas nunca han tenido acceso. 

Bibliografía

De Pizan, Christine (2003), The Treasure of the City of Ladies, Penguin Books, Londres.

Segura Graíño, Cristina (2007), ‘La educación de las mujeres en el tránsito de la Edad Media a la Modernidad’ en Historia de la educación, nº 26, pp.65-83. Disponible en internet en http://campus.usal.es/~revistas_trabajo/index.php/0212-0267/article/viewFile/740/914

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