Christine de Pizan y ‘El tesoro de la Ciudad de las damas’. Parte 2

El tesoro de La ciudad de las damas

Es precisamente lo expuesto en la parte 1 de este post, junto con su propia experiencia, lo que parece haber motivado la escritura de la continuación de La ciudad de las damas. Esta ciudad está edificada con la ayuda de las figuras alegóricas Justicia, Rectitud (o Derechura, según la traducción que se maneje) y Razón. Son estas tres damas las que sugieren a Christine que su ciudad se quedaría incompleta si no proporcionase una guía a las mujeres que la forman. 

Así, la escritora francesa se vale de nuevo de ellas para ofrecer consejos a las mujeres. Distingue a éstas por su estrato social, pues como decía en el apartado anterior (ver parte 1 de este título), cada una necesitará una instrucción distinta para desempeñar su papel en sociedad. Se dirige a las princesas y grandes damas, a las burguesas adineradas, a las mujeres de comerciantes con ingresos modestos, a las mujeres más humildes, a las prostitutas… Además de esta distinción por rango social, Christine de Pizan se refiere a las mujeres jóvenes y a las ancianas; a las casadas, a las solteras y a las que se han entregado a Dios. 

Es sorprendente el abanico de perfiles que tiene en cuenta; y aún es más sorprendente que se dirija a las mujeres más humildes, muchas de las cuales no sabrían ni leer ni escribir, por no hablar de entender las referencias a filósofos de la antigüedad, por ejemplo, que se incluyen en su obra. Pero he aquí otra novedad: De Pizan tiene la firme convicción de que las mujeres analfabetas se podrán beneficiar de sus enseñanzas porque habrá alguien en su entorno que pueda leerles lo que ella escribe. Después las primeras podrán enseñar, a su vez, lo que han aprendido. Es, para la escritora, un círculo que no tiene fin y que se irá retroalimentando: todas pueden sacar algo útil de su libro.

Princesas y damas de alta alcurnia

La primera parte del libro está dedicada a las princesas y a las mujeres de muy alta alcurnia. Por su puesto, también hay hueco en esta parte para aquellas mujeres, también nobles, que tienen a su cuidado a las primeras. 

Para ellas la base sobre la que se tiene que sustentar toda su educación e instrucción, y toda su vida, es el amor y temor a Dios. Pizan indica que las princesas están más expuestas a caer en las tentaciones, es por eso que insiste en que sean temerosas de Dios. La oración les ayudará a ir por buen camino. Una vez sentada esta premisa, que es común a todas las mujeres, la autora hace la primera distinción: ¿qué camino puede escoger una mujer de alta alcurnia? Puede dedicarse a la vida activa (seglar) o a la contemplativa (religiosa). No se siente con autoridad para detenerse en escribir una guía para las mujeres que se someten a Dios, pues considera que ya hay muchas escritas por hombres y mujeres que están entregados a este tipo de vida. Hacerlo, sería para ella “como si un ciego diese lecciones sobre el color”. Así que centra todos sus esfuerzos en las seglares, diseñando incluso un día “tipo” para las mujeres. 

Para todo ello propone la figura alegórica de Prudencia, que da siete lecciones a las grandes damas. Aquella que se deja guiar por Prudencia aprenderá a rodearse de sabios consejeros, a mediar entre su marido y sus súbditos, a ser caritativa, a actuar de consejera de su marido. Como  no podía ser de otra manera (recordemos que escribe en 1405) la primera regla que debe guiar la vida de una mujer es el sometimiento al esposo (o al padre o referente masculino de la familia en caso de no estar casada). De no poner en práctica esta regla, la vida de la casada —avisa Christine— puede convertirse en un “infierno, donde no hay más que violencia y alboroto”. A partir de ahí se suceden otras seis reglas que tienen como objetivo regular la vida familiar (la más aceptable de las contempladas para la mujer medieval de alta alcurnia) y de la vida pública (la vida en la corte). 

No existe nada novedoso en el tratado de Pizan en cuanto a la mujer casada se refiere. Pero sí aporta un punto de vista distinto de cara a las mujeres viudas de alta alcurnia. Impulsada sin duda por su propia experiencia hace una crítica a esa sociedad que le rodea y que no tiene en cuenta la situación en la que quedan las mujeres cuyos maridos mueren. Se posiciona en contra de que las mujeres permanezcan ajenas a los asuntos de su marido. Exige que se las forme e informe de todo cuanto pueda influir en su vida, en su casa y en sus hijos. De esta forma, no sólo podrán manejarse correctamente cuando viudas, sino que podrán gobernar sus feudos sabiamente y sustituir a sus maridos en sus más que previsibles ausencias. Dos siglos después, la condesa de Aranda, Luisa de Padilla, reflexiona de la misma forma sobre este asunto: en ausencia del marido —afirma la condesa— no hay nadie mejor que su esposa para ponerse a la cabeza de todo. 

La escritora francesa da muchísima importancia a que las mujeres obtengan una educación de primera, pues serán ellas las encargadas de guiar a sus hijos (o a los hijos de otras mujeres en caso de ser mujer al servicio de una dama) durante los primeros años de vida de éstos. 

Señoras, doncellas, baronesas y damas que viven fuera de la corte

Avisa Christine de Pizan en la segunda parte de su tratado de que todos los consejos y normas expuestos en la primera parte y dirigidos a reinas, princesas y nobles de alta alcurnia, pueden y deben ser tomados por las demás mujeres, aunque no deben olvidar que por nacimiento éstas últimas están al servicio de las primeras y nunca deben tratar de situarse por encima. 

Hace una cara distinción entre las que ven en la Corte y las que no. Para las primeras recomienda, como es lógico, devoción y lealtad absoluta para con sus señoras, además de reclamarles que participen en el mantenimiento de una moral intachable dentro de las paredes de palacio. Todo aquel que rodee a la reina, princesa… debe guardar el mayor decoro y el más alto comportamiento. 

Para aquellas mujeres que viven fuera de la Corte y cuyos maridos son dueños de grandes feudos, recomienda que gobiernen con mano firme pero amable sus dominios. Se repiten para ellas los consejos dados al primer grupo de mujeres. 

Otras clases sociales

Uno de los puntos más interesantes de El tesoro de la ciudad de las damas es la tercera parte del libro; y lo es por novedosa. Christine de Pizan ser dirige también a las mujeres que, en principio, ni siquiera estarían capacitadas económicamente para adquirir sus libros. Se dirige a artesanas, a mujeres en los campos, a sirvientas, a mujeres de jornaleros y a prostitutas. 

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Termino esta entrada haciendo referencia a las ganas de perpetuarse en el tiempo de la escritora francesa. Sabe que su obra es buena, sabe que tiene cierto prestigio y aspira a ser leída por el mayor número posible de mujeres, no sólo en Francia, sino en el mundo entero y por muchos años. Escribe para el momento y para la posteridad, con la firme intención de que su obra sea guía para todas las mujeres de cualquier época y en casi cualquier circunstancia. Muchos de sus consejos y normas de vida para la mujer están hoy evidentemente desfasados, pero hay otros muchos que resultan de interés. En cualquier caso, la obra constituye una evidencia contundente de que la educación de las mujeres y su situación en el mundo más allá de su familia y miembros masculinos de la misma, ha sido motivo de preocupación y reivindicación desde hace siglos. Christine de Pizan no intenta cambiar la realidad que le rodea; en términos generales, el mundo en el que vive le parece el correcto. Lo que sí intenta por todos los medios es avisar a las mujeres, e intentar que su vida sea lo más llevadera e informada posible. 

Christine de Pizan (2003: 168) concluye El tesoro de la ciudad de las damas así: 

“Yo, su sierva [de las tres virtudes] me dije a mí misma que, costase lo que costase, distribuiría multitud de copias de este trabajo por todo el mundo; y sería presentado a reinas y princesas y grandes señoras, para que pudiera ser honrado y exaltado, porque realmente lo merece, y así llegase a más mujeres. Esto aseguraría que circulase por todos los países. Como está escrito en francés, y ésta lengua es más común que ninguna otra en el mundo, este trabajo no será inútil y tampoco olvidado.  Perdurará, pues habrá muchísimas copias por todo el mundo, y muchas damas valientes y mujeres de autoridad  oirán hablar de él y lo leerán, ahora y en tiempos venideros”. Traducción propia del texto en inglés [1]

Bibliografía

Pizan, Christine de (2003): The Treasure of the City of Ladies, London, Penguin Classics.