Autobiografía femenina: las Memorias de doña Leonor López de Córdoba

En inglés hay una expresión preciosa: self-writing. Podríamostraducirla por “escrituras del yo”. Son todos aquellos documentos que una persona redacta a lo largo de su vida y que nos ofrecen información sobre la misma. Relatan episodios de la cotidianidad, registran las cuentas de una casa, dan cuneta de los nacimientos y muertes, testimonian los anhelos y miedos más profundos… Son todo el conjunto de textos que llamamos autobiográficos. 

Dedico gran parte de mi tiempo a estudiar este tipo de material porque cada vez estoy más convencida de que sólo acudiendo a ellos podemos conocer realmente cómo ha sido nuestra historia. 

Rastrear la vida de las mujeres no es siempre fácil, pero en contra de lo que se pueda pensar, sí es posible. Ellas también escribieron y dejaron constancia de sus vivencias, de cómo les influían los grandes acontecimientos en los que ellas y sus familias se veían envueltos, bien directa o bien indirectamente. 

Aunque surge con fuerza en el siglo XVIII y se asienta definitivamente en el siglo XIX, la escritura de memorias, autobiografías, diarios y correspondencia también se daba en otras épocas, en algunas tan tempranas como finales del siglo XIV y principios del XV. 

Este es el caso de la mujer que quiero rescatar hoy: Leonor López de Córdoba, que ha pasado a la historia por ser la autora de la primera autobiografía escrita en castellano. 

Leonor López de Córdoba fue una noble castellana que vivió a finales del siglo XIV y principios del XV. Nació en Calatayud, Zaragoza, en diciembre de 1362 ó en enero de 1363, porque sus padres formaban parte de la corte (itinerante) de Pedro I de Castilla, el Cruel para sus detractores y el Justo para los que le apoyaron. 

Su madre fue Sancha Carrillo, sobrina del rey Alfonso XI de Castilla. El padre de Leonor fue Martín López de Córdoba, maestre de las órdenes de Calatrava y Alcántara, además de camarero mayor del rey y otros cargos de enorme importancia dentro de la Corte. Nace pues doña Leonor en una de las familias mejor posicionadas del reino. 

Tiene apenas siete años cuando su padre la casa con Ruy Gutiérrez de Hinestrosa, aunque este matrimonio no se hará efectivo hasta unos pocos años después debido a la tierna edad de Leonor. El novio tampoco era mucho mayor: sólo tenía catorce años.

La familia de Leonor, así como la de su marido, son de las pocas familias del reino que se mantienen fieles al rey Pedro I durante la guerra que éste sostuvo con su hermanastro Enrique, uno de los múltiples hijos que el rey Alfonso XI (padre también de Pedro I) tuvo fuera de su matrimonio con María de Portugal (madre de Pedro I). 

Cuando finalmente Enrique mata a Pedro I con la ayuda de Beltrán Duguesclín y se convierte en rey de Castilla con el nombre de Enrique II, las familias que apoyaron a Pedro hasta su final son represaliadas. Dentro de estas últimas se encuentra la familia de Leonor: su padre es decapitado y ella y los demás miembros de la familia, así como la de su marido, son encarcelados en las Atarazanas de Sevilla y todos sus bienes (ambas familias tenían inmensas fortunas) confiscados y puestos al servicio del nuevo rey y de sus leales. De hecho, la boda formal (aunque no la oficial, que tuvo lugar mucho antes) de Leonor y Ruy tiene lugar estando ambos presos.

Sólo cuando muere Enrique II en mayo de 1379 les es permitido salir de su cautiverio. Leonor se va a Córdoba a vivir en casa de su tía doña María García Carrillo, y Ruy emprende un viaje por toda Castilla que se extenderá cerca de una década para intentar conseguir las propiedades que fueron arrebatadas a su propia familia y a la de su esposa. 

Valida de Catalina de Lancaster

Como decía al principio, Leonor López de Córdoba estaba emparentada con la familia real de Castilla. Su madre, Sancha Carrillo era prima del rey Pedro I de Castilla, y ella, que nació en Calatayud cuando sus padres acompañaban a la corte del rey, se había criado en el alcázar de Segovia con las infantas Constanza, Beatriz e Isabel, que eran sus madrinas y herederas al trono de Castilla.  

La reina Catalina de Lancaster

Por eso no es de extrañar que en 1406 fuera llamada por la reina Catalina de Lancaster para ser su valida. La reina, que se había quedado viuda ese mismo año y era la regente del reino (junto a Fernando de Antequera) pues su hijo, el que sería Juan II, sólo tenía un año de edad cuando se convirtió en rey, era precisamente hija de Constanza de Castilla.

Se traslada Leonor a la corte de Castilla y allí alcanzará unas cotas de poder impresionantes, tanto era así que parecía que fuera ella la reina y no Catalina, pues nada se hacía sin que doña Leonor lo aprobara. Su influencia era tal que hasta el propio infante le rogaba que intercediera por él ante la reina, su madre. Pero no se llega tan alto sin ganarse enemigos. Doña Leonor, en los apenas seis años que fue valida de la reina, colocó en puestos de mucho poder a sus familiares, les favoreció de forma nada discreta, y terminó por caer. La reina se deshizo de ella en 1412.

Las Memorias

Es en torno a los años 1401-1404 cuando doña Leonor López de Córdoba decide dictar sus memorias a un escribano en la ciudad de Córdoba.

Son unas memorias que revisten gran importancia, no sólo por ser consideradas como el primer texto autobiográfico escrito en castellano, sino porque suponen la reafirmación de una mujer de querer ser recordada y de hacerlo bajo sus propios parámetros. 

Comienza el texto haciendo la obligada mención a la gloria de Dios, para inmediatamente después avisar de por qué deja por escrito su vida: “y para que quien lo oiga sepa la historia de todos mis hechos, y de los milagros que la Virgen Santa María me mostró. Y es mi intención que quede en la memoria. Y lo mandé escribir en la forma en que lo veis”.

El texto, que está escrito de una forma sorprendentemente sencilla y ligera, recorre la vida de doña Leonor desde el día en que nace hasta el momento en que una epidemia de peste (la de 1400) se lleva por delante la vida de su hijo mayor.  

En los años que relata la valida de la reina da cuenta de cómo fueron los sucesos que llevaron la desgracia a su familia, de cómo su padre fue decapitado por orden del rey en Sevilla, y de cómo en 1374 otra epidemia de peste mata a sus hermanos y a todos los que estaban encerrados con ella y su marido en las Atarazanas de Sevilla. Es también interesante leer cómo era la relación con su tía, cómo ésta la ayudó cuando fue a Córdoba contribuyendo financieramente a restablecer el honor de su joven familia, y cómo terminó la relación con esta hermana de su madre cuando sus primas y “otras gentes de su casa”, celosas de la relación entre tía y sobrina, provocaron que se rompiera. 

El texto, a pesar de su parquedad en palabras, está lleno de belleza y precisión en los detalles, y nos ofrece destellos de la personalidad y la manera de proceder de Leonor. 

Es muy curioso cómo procede, por ejemplo, ante la muerte de su hijo en aquella epidemia de peste. Le obliga a cuidar de un joven judío enfermo de peste que años atrás había adoptado, convertido a la fe católica y criado como a un hijo. Su hijo se sorprende y le dice que corre el riesgo de morir, y aun así ella insiste. Mueren su hijo y las trece personas que velaron al enfermo, el cual sobrevivió. Relata doña Leonor este episodio trágico de su vida, para después darnos cuenta del tremendo sufrimiento que le siguió. Llegó el dolor a su corazón y se sintió “humillada y amarga”; hay dolor en sus palabras, sí, pero no parece desprenderse de ellas ni un atisbo clara y específico de culpa. Doña Leonor achaca su desgracia a sus pecados. 

Sin embargo, acaba sus memorias en ese momento en que la desgracia se cierne una vez más sobre su familia y le arrebata a su hijo. 

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