Anne Lister y el caso de la mujer subastada

Anne Lister describe en una de las entradas de su diario el caso de una mujer que fue subastada por su marido en el mercado de la ciudad, y adjudicada a otro hombre con el que vivía desde entonces. Se trata de un caso claro de Wife Sale, una práctica más o menos extendida en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX.

Selling a wife (1812-1814), de Thomas Rowlandson

Vuelvo del verano sumándome a la fiebre Anne Lister, y lo hago deteniéndome en una de las entradas de su diario (la correspondiente al lunes 12 de enero de 1824), en la que nadie parece haberse detenido y que creo que es muy interesante. Para una entrada posterior dejo el artículo que estoy preparando sobre las escrituras del yo tomando como referencia los diarios que la británica escribió entre 1806 y 1840.

Lo primero, una transcripción del fragmento en cuestión: 

   “ «Se hace saber, última vez de pregón este tercer día de mercado, que yo, John Buck, entregaré legítimamente y venderé a Betty Buck, mi esposa, en el Market Cross. Sin tacha; aunque no podemos estar de acuerdo. Para la separación hemos decidido la entrega  —por ello, ninguna oferta menor a media corona— con dogal y todo».

(…)

John Anderson solía hablarme, hace mucho tiempo, de las esposas que eran pregonadas en el mercado en Market Cross, y se vendían el último día y se repartían con un dogal. Dijo que Phoebe Buck, la sanguijuelera aún con vida, creo, en Market Weighton, fue vendida de este modo y comprada por Buck, el hombre con quien vive desde entonces [1]».

Lo que Anne Lister está describiendo aquí es un caso claro de Wife-sale, una práctica más o menos habitual en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX (aunque se han documentado también algunos casos residuales durante en los siglos XVII y XX) que consistía en subastar a tu esposa en el mercado de la ciudad. El que hiciera la puja más alta se la llevaba. 

Ahora bien, cuidado con las suposiciones precipitadas. Las investigaciones que se están llevando a cabo, que no son muchas, desde los años ochenta parecen demostrar que la mujer no sólo aceptaba esta práctica sino que participaba de ella. Era, en definitiva, una forma que tenían ambos cónyuges de disolver un matrimonio con el que no estaban satisfechos en un contexto en el que el divorcio legal tan sólo estaba al alcance de los más ricos, pues era necesario apelar al Parlamento para conseguirlo.

Además de esta apelación a instancia tan alta, se podían abordar otras formas para disolver un matrimonio, algunas ilegales, como el abandono del hogar, y otras mas legales como la firma de un acuerdo privado entre los cónyuges en el que ambos quedan liberados de sus obligaciones. En los dos casos la más perjudicada es la mujer, pues parte de una situación de desventaja. Si el marido abandona el hogar es poco probable encontrarlo y llevarlo ante la justicia. Tiene dinero y posibilidad de moverse más rápido que ella. La mujer, en cambio, no llegará muy lejos sin dinero propio. Además, en el caso más que probable de ser encontrada, la ley contempla el derecho del marido a encerrarla para que no vuelva a intentar escaparse. Para el caso del contrato, tal y como señalan Leeson, Boettke y Lemke [2], la mujer sólo puede disfrutar de él gracias al permiso de su marido. Si éste decide que la separación ha de ser revocada ella no tendrá nada que hacer. 

En este contexto en el que es prácticamente imposible escapar de un matrimonio (no es hasta 1857 cuando el Parlamento británico promulga una ley de divorcio más o menos garantista) surge la práctica de subastar a las esposas en el día de mercado. Los historiadores no se ponen de acuerdo en la cantidad de “ventas” que se llevaron a cabo, aunque parecen rondar las 250-300 [3] en todo Reino Unido, y algunos sospechan que son sólo la punta del iceberg, pues se han contabilizado sólo las que se hicieron públicas a través de los periódicos y las notas informativas locales. Es posible que muchas de estas transacciones se llevaran a cabo en privado.

Caricatura francesa de la «costumbre»
 inglesa de subastar esposas.
 Autor desconocido

Pero, ¿quién se presta a este tipo de práctica? Según las evidencias históricas se trata de hombres y mujeres de la clase rural trabajadora que quieren desprenderse de las obligaciones mutuas y que no hallan una forma legal de hacerlo. Si atendemos a la tesis de Rachel Vaessen [4] generalmente el desacuerdo en el matrimonio y la necesidad de disolverlo provenía de una inversión de los roles dentro del hogar. Era probable una infidelidad por parte de la mujer, un genio excesivo (a ojos de la moral decimonónica), una ostentación de poder dentro del hogar impropia de una dama y poco tolerable de cara a la comunidad… Sólo una socavación absoluta y pública —y recalco pública— de la fuerza del hombre en el juego de la pareja puede explicar el simbolismo del que se rodea la práctica, porque aun supuestamente dándose con el consentimiento de la mujer, es ella la que adopta el papel más humillante en lo que Vaessen ha llamado el teatro de la subasta de esposas.

¿Por qué teatro? Porque lo que se generaba era un espectáculo público. Se anunciaba la subasta  a través de un pregonero con unos días de antelación y se proporcionaba una descripción de la mercancía a vender. Uso la palabra mercancía con toda la intencionalidad del mundo. El hecho de que la futura subasta tuviera lugar en el mercado quiere decir que adoptaba las reglas de la venta pública de ganado que se llevaba a cabo en ese entorno. De hecho, lo deseable es que tuviera lugar en este contexto, pues sólo así se conseguía rodearla de cierta apariencia de legalidad. Para reforzar esta idea, la mujer era paseada por su marido por el mercado: él la llevaba atada con un dogal (al que hace referencia Lister) por el cuello o por la cintura, como si de una pieza más de ganado se tratase. Esto además, ayudaba a potenciar la idea de que, con todo, el marido seguía ostentando la autoridad en la pareja. Por último, como en cualquier otra subasta aquel que hiciera la mayor puja se llevaba el lote.

¿Y quién pujaba? Parece haber consenso en que habitualmente el acuerdo estaba preestablecido y pagaba el hombre con el que la mujer mantenía una relación extramatrimonial. Si este no era el caso, pujaba quien asistiera a la subasta y ganaba el que mayor precio ofreciera. E. P. Thompson asegura en Costumbres en común (1995) que también se daban casos en que familiares de la esposa pujaban por ella para liberarla del matrimonio. También se ha documentado alguno en que la propia mujer pujaba por sí misma. 

¿Y la mujer? La mujer, aseguran los historiadores, estaba siempre de acuerdo, reservándose ademas un poder de veto: sólo era “adjudicada” a aquel hombre que ella considerase adecuado. Thompson documenta algún caso en el que es preguntada públicamente si consiente en ser vendida [5]. Para el historiador británico, además, el hecho de que se haga de forma pública tiene que ver con la necesidad de de mostrar que todas las partes consienten en la transacción.

El hecho de que, tal y como asegura E. P. Thompson, la práctica tuviese más que ver con un arraigo cultural, con la necesidad de una “regulación moral” de la comunidad y de la necesidad de instaurar alguna forma válida de divorcio, no explica, creo, la parafernalia más que humillante a la que es sometida la esposa. No es posible —no puede serlo— que todas aceptasen de buena gana someterse a tal situación.

Con todo, la práctica no parece poder interpretarse como una “compra brutal de bienes muebles” (Thompson, 1995:479); sin embargo, sí que nos da una idea del lugar que ocupaba la mujer casada dentro del sistema de relaciones sociales, y dentro del propio matrimonio. Quizá fuesen formas de divorcio, a día de hoy no parece que se pueda argüir lo contrario, pero el simbolismo del que se rodea la práctica hace evidente que la mujer, de facto, sí era una propiedad de su marido. De hecho, otro de los objetivos de la teatralización pública de la separación era demostrar que el marido, al desprenderse de su esposa, no tenía ya ninguna obligación de responder por ella ante la ley, de financiarla, de pagar sus deudas…, todo esto pasaba a depender del nuevo esposo: traspasaba públicamente la posesión de su esposa. Algunas veces incluso la mujer era llevada a su nuevo hogar (a la vista de todos) agarrada con el dogal y tirada por su nuevo propietario. 

El caso que describe Anne Lister

Retrato Anne Lister

Para hablar de las subastas de esposas, en realidad, no era necesario sacar a relucir el fragmento del diario de Anne Lister, sin embargo, la forma y el contexto en que lo relata resultan bastante esclarecedores e interesantes.

Lo primero que destaca es el tono de chanza desde el que Anne Lister se aproxima al caso. Al parecer le han pedido que escriba unas lineas para que un amigo que se va a disfrazar de pregonero tenga algo que pregonar. Le lleva algo de tiempo, y finalmente da con tres situaciones que han ocurrido, entre ellas el caso de la sanguijuelera de la ciudad que fue vendida, según le contaron, al hombre con el que vivía en aquel momento. Es evidente que la situación, en cierto modo, le provoca risa (también se la provocará a sus amigos); es hilarante, como de otro mundo cuyas reglas y registros culturales no son compartidos por ella. Y en cierto modo así es: la práctica pertenece a un mundo, el de la clase rural trabajadora que, tirando de ingenio y comicidad, intenta poner solución a problemas que tienen todos. 

De la forma en que lo relata también se desprende que, lejos de parecer una aberración de cara a la comunidad, la venta de la sanguijuelera es aceptada por todos. En este punto es interesante recordar la consideración, por parte de Thompson, de la práctica como una forma de regular la moral y las prácticas sociales de la gente más humilde de una comunidad. Para el siglo XIX, la línea que, hasta prácticamente finales del siglo XVII, diluía lo público de lo privado estaba ya firmemente establecida. De hecho, sólo una nueva percepción de la intimidad le permitió a Anne Lister (y a muchas otras y otros) desarrollar ese magnífico diario. 

Entre la gente más humilde, y entre los trabajadores rurales esa percepción de lo íntimo, de lo privado, no es tan clara, algo que se evidencia claramente en la práctica de la subasta de esposas. El pueblo (lo público) se mete en la casa y regula los comportamientos privados. En el caso que plantea Lister para el pregonero, la esposa es infiel, y eso dejo en mal lugar al marido. El pueblo conoce, probablemente, la situación y los condena a ambos: a ella por tener un comportamiento impropio de una mujer y a él por no tener capacidad de mantener el control en su casa y sobre su esposa. Si ambos cónyuges están de acuerdo en disolver el matrimonio lo hacen también en público. Algo que en nuestra sociedad sería un acto totalmente personal y privado, para ellos es todo lo contrario. El pueblo que les ha condenado, que conoce sus faltas, les absuelve también públicamente: acepta el arreglo, y acepta los futuros caminos que tomen los ex-esposos. Es esta publicidad, que es vulgar, lo que causa risa (a veces también rechazo y condena por considerar la práctica salvaje) en la alta sociedad. 

Las palabras que usa Anne Lister para su pregonero puede que sean inventadas pero no escapan mucho de lo que fue la realidad. Escribe: “Sin tacha; aunque no podemos estar de acuerdo…”. Rachel Vaessen recoge un caso en el que se anuncia que junto con la esposa “se venden todas sus ropas”, y que la venta tiene lugar porque ella es demasiado para su marido. 

Como conclusión es necesario recalcar que tal y como destacan los investigadores mencionados en este artículo, las fuentes de las que disponemos no permiten desentrañar por completo esta curiosa práctica. Prácticamente todo lo investigado hasta la fecha proviene de fuentes periodísticas y literarias (véase la maravillosa obra de Thomas Hardy El alcalde de Casterbridge), al no ser un trámite legal, no han quedado registros más allá de eso. El caso que menciona Anne Lister es sólo un aporte más a esta curiosa práctica que fue más común de lo que se podría pensar. 

Bibliografía

[1] Lister, A. (2019): Caballero Jack. Los diarios de Anne Lister. (p.405). Editorial Ménades.

[2] Leeson, Boettke y Lemke: ‘Wife Sales’ en Review of Behavioral Economics. 2014, 1: 349–379. Disponible en internet en http://peterleeson.homestead.com/Wife_Sales.pdf . Última consulta: 9.9.2019

[3] Cifras aportadas por E. P. Thompson y Menefee. 

[4] Vaesse, R. (2006): Humour, Halters and Humiliation: Wife Sale as Theatre and Self-Divorce. SIMON FRASER UNIVERSITY. Disponible en internet en https://core.ac.uk/download/pdf/56370538.pdf Última consulta: 9.9.2019

[5]  Thompson, E. P. (1995): ‘La venta de esposas’ en Costumbres en común. p.473. CRITICA, Barcelona.

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